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domingo, 21 de septiembre de 2014

Qué significa que la Iglesia es Católica y Apostólica

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Esta semana seguimos hablando de la Iglesia. Cuando profesamos nuestra fe, afirmamos que es «católica» y «apostólica». ¿Pero cuál es efectivamente el significado de estas dos palabras, de estas dos notas características de la Iglesia? ¿Y qué valor tienen para las comunidades cristianas y para cada uno de nosotros?

Católica significa universal. Una definición completa y clara nos ofrece uno de los Padres de la Iglesia de los primeros siglos, san Cirilo de Jerusalén, cuando afirma: «La Iglesia sin lugar a dudas se la llama católica, es decir, universal, por el hecho de que está extendida por todas partes de uno a otro confín de la tierra; y porque universalmente y sin defecto enseña todas las verdades que deben llegar a ser conocidas por los hombres, tanto en lo que se refiere a las cosas celestiales, como a las terrestres» 


Signo evidente de la catolicidad de la Iglesia es que ella habla todas las lenguas. Y esto es el efecto de Pentecostés (cf. Hch 2, 1-13): es el Espíritu Santo quien capacitó a los Apóstoles y a toda la Iglesia para anunciar a todos, hasta los confines de la tierra, la Hermosa Noticia de la salvación y del amor de Dios. Así, la Iglesia nació católica, es decir, «sinfónica» desde los orígenes, y no puede no ser católica, proyectada a la evangelización y al encuentro con todos. Hoy la Palabra de Dios se lee en todas las lenguas, todos tienen el Evangelio en su idioma para leerlo. Y vuelvo al mismo concepto: siempre es bueno llevar con nosotros un Evangelio pequeño, para llevarlo en el bolsillo, en la cartera, y durante el día leer un pasaje. Esto nos hace bien. El Evangelio está difundido en todas las lenguas porque la Iglesia, el anuncio de Jesucristo Redentor, está en todo el mundo. Y por ello se dice que la Iglesia escatólica, porque es universal.

Si la Iglesia nació católica, quiere decir que nació «en salida», que nació misionera. Si los Apóstoles hubiesen permanecido allí en el cenáculo, sin salir para llevar el Evangelio, la Iglesia sería sólo la Iglesia de ese pueblo, de esa ciudad, de ese cenáculo. Pero todos salieron por el mundo, desde el momento del nacimiento de la Iglesia, desde el momento que descendió sobre ellos el Espíritu Santo. Y es así como la Iglesia nació «en salida», es decir, misionera.

 Es lo que expresamos llamándola apostólica, porque el apóstol es quien lleva la buena noticia de la Resurrección de Jesús. Este término nos recuerda que la Iglesia, sobre el fundamento de los Apóstoles y en continuidad con ellos —son los Apóstoles quienes fueron y fundaron nuevas iglesias, ordenaron nuevos obispos, y así en todo el mundo, en continuidad.

 Hoy todos nosotros estamos en continuidad con ese grupo de Apóstoles que recibió el Espíritu Santo y luego fue en «salida», a predicar—, es enviada a llevar a todos los hombres este anuncio del Evangelio, acompañándolo con los signos de la ternura y del poder de Dios. También esto deriva del acontecimiento de Pentecostés: es el Espíritu Santo, en efecto, quien supera toda resistencia, quien vence las tentaciones de cerrarse en sí mismo, entre pocos elegidos, y de considerarse los únicos destinatarios de la bendición de Dios. Si, por ejemplo, algunos cristianos hacen esto y dicen: «Nosotros somos los elegidos, sólo nosotros», al final mueren. Mueren primero en el alma, luego morirán en el cuerpo, porque no tienen vida, no son capaces de generar vida, otra gente, otros pueblos: no son apostólicos. Y es precisamente el Espíritu quien nos conduce al encuentro de los hermanos, incluso de los más distantes en todos los sentidos, para que puedan compartir con nosotros el amor, la paz, la alegría que el Señor Resucitado nos ha dejado como don.

¿Qué comporta para nuestras comunidades y para cada uno de nosotros formar parte de una Iglesia que es católica y apostólica? Ante todo, significa interesarse por la salvación de toda la humanidad, no sentirse indiferentes o ajenos ante la suerte de tantos hermanos nuestros, sino abiertos y solidarios hacia ellos. Significa, además, tener el sentido de la plenitud, de la totalidad, de la armonía de la vida cristiana, rechazando siempre las posiciones parciales, unilaterales, que nos cierran en nosotros mismos.

Formar parte de la Iglesia apostólica quiere decir ser conscientes de que nuestra fe está anclada en el anuncio y en el testimonio de los Apóstoles de Jesús –está anclada allí, es una larga cadena que viene de allí—; y, por ello, sentirse siempre enviados, sentirse mandados, en comunión con los sucesores de los Apóstoles, a anunciar con el corazón lleno de alegría a Cristo y su amor por toda la humanidad.

 Y aquí quisiera recordar la vida heroica de tantos, tantos misioneros y misioneras que dejaron su patria para ir a anunciar el Evangelio a otros países, a otros continentes. Me decía un cardenal brasileño que trabaja bastante en la Amazonia, que cuando él va a un lugar, en un país o en una ciudad de la Amazonia, va siempre al cementerio y allí ve las tumbas de estos misioneros, sacerdotes, hermanos, religiosas que fueron a predicar el Evangelio: apóstoles. Y él piensa: todos ellos pueden ser canonizados ahora, lo dejaron todo para anunciar a Jesucristo. Demos gracias al Señor porque nuestra Iglesia tiene muchos misioneros, ha tenido numerosos misioneros y tiene necesidad de muchos más. Demos gracias al Señor por ello. Tal vez entre tantos jóvenes, muchachos y muchachas que están aquí, alguno quiera llegar a ser misionero: ¡qué siga adelante! Es hermoso esto, llevar el Evangelio de Jesús. ¡Que sea valiente!

Pidamos entonces al Señor que renueve en nosotros el don de su Espíritu, para que cada comunidad cristiana y cada bautizado sea expresión de la santa madre Iglesia católica y apostólica.


miércoles, 10 de septiembre de 2014

Vivir la Misericordia:

La Iglesia nos ayuda a vivir lo esencial: la Misericordia

(Audiencia, 10 de septiembre de 2014)
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro itinerario de catequesis sobre la Iglesia, nos estamos deteniendo para considerar que la Iglesia es madre. La vez pasada hemos subrayado como la Iglesia nos hace crecer y con la luz y la fuerza de la Palabra de Dios, nos indica el camino de la salvación y nos defiende del mal. Hoy quisiera subrayar un aspecto particular de esta acción educativa de la madre Iglesia, es decir, cómo nos enseña las obras de misericordia.
Un buen educador apunta hacia lo esencial. No se pierde en los detalles, pero quiere transmitir lo que verdaderamente cuenta para que el hijo o el discípulo encuentre el sentido y la alegría de vivir. Y lo esencial, según el Evangelio, es la misericordia. Lo esencial del Evangelio es la misericordia. Dios ha enviado a su Hijo, Dios se ha hecho hombre para salvarnos, es decir, para darnos su misericordia. Lo dice claramente Jesús, resumiendo su enseñanza para los discípulos: "Sed misericordiosos, como el Padre es misericordioso". ¿Puede existir un cristiano que no sea misericordioso? No. El cristiano necesariamente debe ser misericordioso porque esto es el centro del Evangelio. Y fiel a esta enseñanza, la Iglesia no puede hacer otra cosa que repetir lo mismo a sus hijos: "Sed misericordiosos", como lo es el Padre, y como lo ha sido Jesús. Misericordia.
Y entonces la Iglesia se comporta como Jesús. No da clases teóricas sobre el amor, sobre la misericordia. No difunde en el mundo una filosofía, un camino de sabiduría… Ciertamente, el cristianismo es también esto, pero como consecuencia, como reflejo. La madre Iglesia, como Jesús, enseña con el ejemplo, y las palabras son necesarias para iluminar el significado de sus gestos.
La madre Iglesia nos enseña a dar de comer y de beber a quien tiene hambre y sed, a vestir al desnudo. Y, ¿cómo lo hace? Lo hace con el ejemplo de muchos santos y santas que hacen esto de forma ejemplar; pero lo hace también con el ejemplo de muchísimos padres y madres, que enseñan a sus hijos que lo que tenemos de más es porque a otro le falta. Es importante saber esto. En las familias cristianas más sencillas siempre ha sido sagrada la regla de la hospitalidad: no falta nunca un plato y una cama para quien lo necesita. Una vez, una madre me contaba en la otra diócesis, que quería enseñar esto a sus hijos y les decía que ayudaran y dieran de comer a quien tenía hambre. Tenía tres. Y un día en la comida, el padre estaba fuera en el trabajo y estaba ella con los tres hijos, pequeños: siete, cinco, cuatro años, más o menos. Y llaman a la puerta y había un señor que pedía para comer. Y la mamá ha dicho espera un momento. Ha entrado y le ha dicho a los hijos, "hay un señor ahí que pide comida, ¿qué hacemos?" "Sí, mamá, le damos". Cada uno tenía en el plato un bistec con patatas fritas. "Le damos, le damos". "Muy bien, tomamos la mitad de cada uno de vosotros y le damos la mitad del bistec de cada uno de vosotros". "¡Ah, no, mamá, así no va la cosa!" Es así. Tú debes dar del tuyo. Y así esta madre ha enseñado a los hijos a dar de comer de lo propio. Esto es un bonito ejemplo que a mí me ha ayudado mucho. Pero, "no me sobra nada". Da del tuyo. Así nos enseña la madre Iglesia. Y las tantas madres que están aquí, saben qué hacer para enseñar a los hijos. A que ellos compartan sus cosas con el que lo necesita.
La madre Iglesia enseña a estar cerca del enfermo. ¡Cuántos santos y santas han servido a Jesús de esta forma! Y cuántos hombres y mujeres sencillos, cada día, ponen en práctica esta obra de misericordia en una habitación de hospital, en una residencia, o en la propia casa, asistiendo a una persona enferma.
La madre Iglesia enseña a estar cerca del que está en la cárcel. "Pero padre, no, eso es peligroso. Es gente mala". Pero cada uno de nosotros es capaz, escuchad bien esto: cada uno de nosotros es capaz de hacer lo mismo que ha hecho ese hombre o esa mujer que está en la cárcel. Todos tenemos la capacidad de pecar y de hacer lo mismo, de equivocarnos en la vida. No es más malo que tú o que yo. La misericordia de la madre Iglesia supera todo muro, toda barrera, y te lleva a buscar siempre el rostro del hombre, de la persona. Y es la misericordia la que cambia el corazón y la vida, que puede regenerar una persona y permitirle insertarle de una forma nueva en la sociedad.
La madre Iglesia enseña a estar cerca y a quien ha sido abandonado y muere solo. Es lo que ha hecho la beata Teresa por las calles de Calcuta; es lo que han hecho y hacen muchos cristianos que no tienen miedo de estrechar la mano a quien va a dejar este mundo. Y también aquí, la misericordia es un "hasta la vista"…. Esto lo había entendido bien la beata Teresa. Pero le decían, "madre, esto es perder el tiempo". Y encontraba gente moribunda en la calle, gente a la que le comenzaban a comer el cuerpo las ratas de la calle y los llevaba a casa para que murieran limpios, tranquilos, acariciados, en paz. Ella les daba el 'hasta pronto'. Pero muchos de estos, como ella y muchas mujeres y hombres que han hecho esto, les esperan allí en la puerta, para abrirles la puerta del cielo. Ayudar a morir a la gente bien, en paz.
Queridos hermanos y hermanas, así la Iglesia es madre, enseñando a sus hijos las obras de misericordia. Ella ha aprendido de Jesús este camino, ha aprendido que esto es lo esencial para la salvación. No basta amar a quien nos ama. Jesús dice que esto lo hacen los paganos. No basta con hacer el bien a quien nos hace el bien. Para cambiar el mundo a mejor es necesario hacer el bien a quien no es capaz de devolverlo, como ha hecho el Padre con nosotros, donándonos a Jesús.
Pero, ¿cuánto hemos pagado nosotros por nuestra redención? Nada. Todo es gratuito. Hacer el bien sin esperar nada a cambio. Así ha hecho el Padre con nosotros y nosotros debemos hacer lo mismo. Hacer el bien e ir adelante. Qué bonito vivir en la Iglesia, en nuestra madre Iglesia que nos enseña estas cosas que nos ha enseñado Jesús.
Damos gracias al Señor, que nos da la gracia de tener como madre a la Iglesia, que nos enseña el camino de la misericordia, que es el camino de la vida. Damos gracias al Señor.


Homilía del 11 de septiembre:


"Y aquí viene la oración que debemos hacer todos los días: ‘Señor, dame la gracia de llegar a ser un buen cristiano, una buena cristiana, porque yo no logro hacerlo. Una primera lectura de esto, asusta: asusta. Pero no si nosotros tomamos el Evangelio y hacemos una segunda, una tercera, una cuarta lectura del capítulo VI de San Lucas: hagámosla; y si pedimos al Señor la gracia de entender lo que significa ser cristiano, y también la gracia para que Él nos haga cristianos a nosotros. Porque nosotros no podemos hacerlo solos.