miércoles, 6 de agosto de 2014

Las Bienaventuranzas, camino de la verdadera felicidad


Las Bienaventuranzas, camino de la verdadera felicidad

(Audiencia, 6 de agosto de 2014)
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En las catequesis precedentes hemos visto como la Iglesia constituye un pueblo, un pueblo preparado con paciencia y amor por Dios y al cual estamos todos llamados a pertenecer. Hoy quisiera subrayar la novedad que caracteriza este pueblo. Hay una novedad que le caracteriza. Se trata realmente de un pueblo nuevo, que se funda sobre la alianza, establecida por el Señor Jesús con el don de su vida. Esta novedad no niega el camino precedente ni se opone a él, sino que lo lleva adelante, a cumplimiento.
Hay una figura muy significativa, que actúa como una unión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: la de Juan Bautista. Para los Evangelios sinópticos es el "precursor", el que prepara la venida del Señor, preparando al pueblo a la conversión del corazón y a la acogida de la consolación de Dios ya cercana. Para el Evangelio de Juan es el "testigo", ya que nos hace reconocer en Jesús al que viene de lo alto, para perdonar nuestros pecados, y hacer de su pueblo su esposa, primicia de la nueva humanidad. Como "precursor" y "testigo", Juan Bautista juega un papel central en toda la Escritura, ya que hace de puente entre la promesa del Antiguo Testamento y su cumplimiento, entre las profecías y su cumplimiento en Jesucristo. Con su testimonio, Juan nos muestra a Jesús, nos invita a seguirlo, y nos dice en términos inequívocos que esto requiere humildad, arrepentimiento y conversión. Es una invitación que hace a la humildad, al arrepentimiento y a la conversión.
Como Moisés había estipulado la alianza con Dios, en virtud de la Ley recibida en el Sinaí, así Jesús, desde una colina junto al lago de Galilea, entrega a sus discípulos y a la multitud una nueva enseñanza que comienza con las bienaventuranzas. Moisés desde la Ley en el Sinaí, y Jesús, el Nuevo Moisés, desde la nueva Ley en la orilla del lago de Galilea. Las Bienaventuranzas son el camino que Dios muestra como respuesta al deseo de felicidad inherente en el hombre, y perfeccionan los mandamientos de la Antigua Alianza. Estamos acostumbrados a aprender los diez mandamientos, seguro, todos vosotros los sabéis. En la catequesis los habéis aprendido. Pero no estamos acostumbrados a aprender las bienaventuranzas. Vamos a probar a recordarlas y grabarlas en nuestros corazones. Hacemos una cosa, yo diré una detrás de otra. Yo digo una y vosotros repetís.
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos.
¡Muy bien! Pero hacemos una cosa, os doy una tarea para casa, una tarea para hacer en casa. Coged el Evangelio, el que lleváis con vosotros, recordad que debéis llevar siempre un pequeño Evangelio con vosotros en el bolsillo, en el bolso. O el que tenéis en casa. Tomad en Evangelio y en los primeros capítulos de Mateo, el 5, están, están las bienaventuranzas. Y hoy, mañana, en casa, leedlo. ¿Lo haréis? Y no lo olvidéis porque es la Ley que nos da Jesús. ¿eh? ¿Lo haréis? Gracias.
En estas palabras está toda la novedad traída por Cristo. Y toda la novedad de Cristo está en estas palabras. De hecho, las Bienaventuranzas son el retrato de Jesús, su forma de vida; y son el camino de la verdadera felicidad, que también nosotros podemos recorrer con la gracia que Jesús nos da.
Además de la nueva Ley, Jesús nos enseña también el "protocolo" sobre el que seremos juzgados: porque al final del mundo seremos juzgados. ¿Y qué preguntas se harán allí? ¿Cuáles serán estas preguntas? ¿Cuál es el protocolo sobre el que se juzgará? Es lo que encontramos en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo. Hoy la tarea es leer el quinto capítulo del Evangelio de Mateo, donde están las bienaventuranzas. Y también leer el 25, donde está el protocolo, las preguntas que nos harán el día de juicio.
No tendremos títulos, créditos o privilegios para situarnos. El Señor nos reconocerá si nosotros lo hemos reconocido en el pobre, en el hambriento, en el indigente y marginado, en quien sufre y está solo. Y este es uno de los criterios fundamentales de verificación de nuestra vida cristiana, sobre la cual Jesús nos invita a medirnos cada día. Yo leo las bienaventuranzas, pienso como debe ser mi vida cristiana y después hago el examen de conciencia con este capítulo 25 de Mateo. Cada día. He hecho esto, esto, esto. Nos hará bien, porque son cosas sencillas pero concretas.
Queridos amigos, la nueva alianza consiste precisamente en esto: en reconocer, en Cristo, envuelto de la misericordia y de la compasión de Dios. Es esto que llena nuestro corazón de alegría, y es esto que hace de nuestra vida un testimonio bonito y creíble del amor de Dios para todos los hermanos que encontramos cada día.
Recordad, la tarea: capítulo 5 y capítulo 25 de Mateo.










domingo, 13 de julio de 2014

Llamamiento por la paz en Tierra Santa

Llamamiento por la paz en Tierra Santa

(13 julio)


Al concluir el rezo del Angelus del domingo, el Papa ha realizado un llamamiento por la paz en Tierra Santa:

 "Dirijo a todos ustedes un firme llamado a continuar rezando con insistencia por la paz en Tierra Santa, a la luz de los trágicos eventos de los últimos días. 



Tengo vivo todavía en la memoria el recuerdo del encuentro del 8 de junio pasado con el Patriarca Bartolomé, el Presidente Peres y el Presidente Abbas, junto a los cuales hemos invocado el don de la paz y escuchado la llamada a romper la espiral del odio y de la violencia. 


Alguien podría pensar que tal encuentro haya tenido lugar en vano. En cambio no, porque la oración nos ayuda a no dejarnos vencer por el mal ni a resignarnos a que la violencia y el odio predominen sobre el diálogo y la reconciliación . Eso no es así ya que la oración nos ayuda a no dejarnos vencer por el mal ni a resignarnos a que la violencia y el odio predominen sobre el diálogo y la reconciliación”.

 “Exhorto a las partes interesadas y a todos los que tienen responsabilidad política a nivel local e internacional a no escatimar la oración y cualquier tipo de esfuerzo para hacer cesar toda hostilidad y conseguir la paz deseada para el bien de todos e invito a todos a unirse en la oración”. 

“ahora, Señor: ¡ayúdanos Tú! ¡Dónanos Tú la paz, enséñanos Tú la paz, guíanos Tú hacia la paz! Abre nuestros ojos y nuestros corazones y dónanos el coraje de decir: ‘¡nunca más la guerra!’; ‘¡con la guerra todo está destruido!’”. Infunde en nosotros el coraje de cumplir gestos concretos para construir la paz”. 

: “haznos disponibles para escuchar el grito de nuestros ciudadanos que nos piden que transformemos nuestras armas en instrumentos de paz, nuestros miedos en confianza y nuestras tensiones en perdón”. 


sábado, 5 de julio de 2014

Encuentro con el mundo laboral

La prioridad de lo humano
Discurso en la Universidad de Molise (5 julio 2014)



 Discurso del Papa Francisco al mundo del trabajo de la región de Molise en la Universidad de Campobasso (5-7-2014):

Señor rector, autoridades, alumnos, personal de la Universidad, profesores, hermanos y hermanas del mundo del trabajo: Les doy las gracias por su acogida. Les doy las gracias, sobre todo, por haber compartido conmigo la situación que viven, sus fatigas y sus esperanzas. El señor rector ha retomado la expresión que dije en una ocasión: que nuestro Dios es el Dios de las sorpresas. Es verdad: cada día nos da una. Es así, nuestro Padre. Pero ha dicho otra cosa acerca de Dios, que retomo yo ahora: Dios que rompe esquemas. Y si no tenemos el valor de romper esquemas, nunca avanzaremos, porque nuestro Dios nos impulsa a esto: a ser creativos respecto al futuro. 

Mi visita a Molise comienza con este encuentro con el mundo del trabajo, pero el lugar en que nos hallamos es la Universidad. Y esto resulta significativo: expresa la importancia de la investigación y de la formación también para responder a las nuevas y complejas preguntas que la actual crisis económica plantea a escala local, nacional e internacional. Lo atestiguaba hace poco el joven agricultor, con su elección de estudiar la licenciatura en Agronomía y de trabajar la tierra «por vocación». La permanencia del campesino en la tierra no es una permanencia fija, sino el establecimiento de un diálogo, de un diálogo fecundo, de un diálogo creativo. Es el diálogo del hombre con su tierra lo que hace que esta florezca, lo que la vuelve fecunda para todos nosotros. Esto es importante. Un buen itinerario formativo no proporciona soluciones fáciles, pero ayuda a adoptar una mirada más abierta y más creativa para valorizar mejor los recursos del territorio. 

Comparto plenamente lo que se ha dicho sobre «custodiar» la tierra para que dé fruto sin ser «explotada». Se trata de uno de los mayores desafíos de nuestra época: convertirnos a un desarrollo que sepa respetar la creación. Yo miro a América –también a mi patria–: tantos bosques expoliados, que se convierten en tierra que no puede cultivarse, que no puede dar vida. Este es nuestro pecado: explotar la tierra y no dejar que nos dé lo que lleva en su interior con nuestra ayuda del cultivo.

 Otro desafío ha surgido de la voz de esta valiente madre obrera, que ha hablado también en nombre de su familia: el marido, el niño pequeño y el niño que aún lleva en su vientre. El suyo es un llamamiento a favor del trabajo y, al mismo tiempo, a favor de la familia. ¡Gracias por este testimonio! En efecto, se trata de intentar conciliar los tiempos del trabajo con los tiempos de la familia. Pero les diré una cosa: cuando voy al confesonario y confieso –ahora no tanto como lo hacía en mi diócesis anterior–, cuando acuden un padre o una madre jóvenes, pregunto: «¿Cuántos hijos tienes?», y me lo dicen. Y siempre hago una pregunta más: «Dime, ¿juegas tú con tus hijos?». La mayoría contesta: –«¿Qué dice usted, padre?». –«Sí, sí: ¿Juegas tú? ¿Pierdes el tiempo con tus hijos?». Estamos perdiendo esa capacidad, esa sabiduría de jugar con nuestros niños. La situación económica nos impulsa a ello, a perder esto. Por favor: ¡Perdamos el tiempo con nuestros niños! El domingo: usted [dirigiéndose a la trabajadora] se ha referido a ese domingo familiar, a perder el tiempo… Este es un punto «crítico», un punto que nos permite discernir, evaluar la calidad humana del sistema económico en el que nos encontramos. Y en ese ámbito se sitúa también la cuestión del domingo laborable, que no afecta solo a los creyentes, sino que interesa a todos, como opción ética. Estamos perdiendo precisamente este espacio de la gratuidad. La pregunta es: ¿Qué queremos priorizar? El domingo libre de trabajo –con excepción de los servicios necesarios– tiene la función de afirmar que la prioridad no lo tiene lo económico, sino lo humano, lo gratuito, las relaciones no ya comerciales, sino familiares, de amistad, y, para los creyentes, la relación con Dios y con la comunidad. Quizá ha llegado el momento de preguntarnos si trabajar los domingos es una libertad auténtica. Porque el Dios de las sorpresas y el Dios que rompe esquemas da sorpresas y rompe esquemas para que nos volvamos más libres: es el Dios de la libertad. 

Queridos amigos: Quisiera hoy unir mi voz a la de tantos trabajadores y empresarios de este territorio para pedir que pueda también llevarse a la práctica un «pacto por el trabajo». He visto que en Molise se está intentando responder al drama del desempleo aunando fuerzas de manera constructiva. Muchos puestos de trabajo podrían recuperarse mediante una estrategia concertada con las autoridades nacionales: un «pacto por el trabajo» que sepa aprovechar las oportunidades que las normativas nacionales y europeas ofrecen. Los animo a seguir adelante por este camino, que puede producir buenos frutos tanto aquí como en otras regiones.

 Quisiera retomar una palabra que tú [se dirige al trabajador que había intervenido] has dicho: dignidad. No tener trabajo no es solo no tener lo necesario para vivir, no. Podemos comer todos los días: vamos a Cáritas, vamos a esa asociación, vamos a ese club; vamos allí y nos dan de comer. Pero este no es el problema. El problema es no llevar el pan a casa: ¡esto es grave, y esto quita la dignidad! Esto quita la dignidad. Y el problema más grave no es el hambre, aunque este problema existe. El problema más grave es la dignidad. Por eso debemos trabajar y defender nuestra dignidad, dada por el trabajo

. Por último, quisiera decirles que me ha impresionado que me hayan regalado ustedes una pintura que representa precisamente una «maternidad». Maternidad implica dolor, pero el dolor del parto está orientado hacia la vida, está lleno de esperanza. No solo les doy las gracias, pues, por este regalo, sino que les agradezco aún más el testimonio que el mismo contiene: el de un dolor lleno de esperanza. ¡Gracias! Y quisiera añadir un hecho histórico que viví. Cuando era provincial de los jesuitas, había que enviar un capellán a la Antártida, a vivir allí diez meses al año. Lo medité, y fue uno: el padre Bonaventura De Filippis. ¿Pues saben ustedes? ¡Había nacido en Campobasso, era de aquí! ¡Gracias!




miércoles, 25 de junio de 2014

Pertenencia a la Iglesia

El nombre es "cristiano", el apellido "pertenezco a la Iglesia"

 

(Audiencia, 25 de junio de 2014)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy hay otro grupo de peregrinos conectados con nosotros en el Aula Pablo VI. Son peregrinos enfermos. Porque con este tiempo, entre el calor y la posibilidad de lluvia, era más prudente que ellos permanecieran allí. Pero ellos están conectados con nosotros a través de una pantalla gigante. Y así, estamos unidos en la misma Audiencia. Y todos nosotros hoy rezaremos especialmente por ellos, por sus enfermedades. Gracias.
En la primera catequesis sobre la Iglesia, el miércoles pasado, comenzamos por la iniciativa de Dios que quiere formar un Pueblo que lleve su bendición a todos los pueblos de la tierra. Empieza con Abraham y luego, con mucha paciencia -y Dios tiene, tiene tanta- con tanta paciencia prepara este Pueblo en la Antigua Alianza hasta que, en Jesucristo, lo constituye como signo e instrumento de la unión de los hombres con Dios y entre nosotros.
Hoy vamos hacer hincapié en la importancia que tiene para el cristiano pertenecer a este Pueblo. Hablaremos de la pertenencia a la Iglesia.
Nosotros no estamos aislados y no somos cristianos a título individual, cada uno por su lado, no: ¡nuestra identidad cristiana es pertenencia! Somos cristianos porque nosotros pertenecemos a la Iglesia. Es como un apellido: si el nombre es "Yo soy cristiano", el apellido es: "Yo pertenezco a la Iglesia." Es muy bello ver que esta pertenencia se expresa también con el nombre que Dios se da a sí mismo.
Respondiendo a Moisés, en el maravilloso episodio de la "zarza ardiente", de hecho, se define como el Dios de tus padres, no dice yo soy el Omnipotente, no: yo soy el Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. De este modo, Él se manifiesta como el Dios que ha establecido una alianza con nuestros padres y se mantiene siempre fiel a su pacto, y nos llama a que entremos en esta relación que nos precede. Esta relación de Dios con su Pueblo nos precede a todos nosotros, viene de aquel tiempo.
En este sentido, el pensamiento va primero, con gratitud, a aquellos que nos han precedido y que nos han acogido en la Iglesia. ¡Nadie llega a ser cristiano por sí mismo! ¿Es claro esto? Nadie se hace cristiano por sí mismo. No se hacen cristianos en laboratorio. El cristiano es parte de un Pueblo que viene de lejos. El cristiano pertenece a un Pueblo que se llama Iglesia y esta Iglesia lo hace cristiano el día del Bautismo, se entiende, y luego en el recorrido de la catequesis y tantas cosas.
Pero nadie, nadie, se hace cristiano por sí mismo. Si creemos, si sabemos orar, si conocemos al Señor y podemos escuchar su Palabra, si nos sentimos cerca y lo reconocemos en nuestros hermanos, es porque otros, antes que nosotros, han vivido la fe y luego nos la han transmitido, la fe la hemos recibido de nuestros padres, de nuestros antepasados y ellos nos la han enseñado. Si lo pensamos bien, ¿quién sabe cuántos rostros queridos nos pasan ante los ojos, en este momento? Puede ser el rostro de nuestros padres que han pedido el bautismo para nosotros; el de nuestros abuelos o de algún familiar que nos enseñaron a hacer la señal de la cruz y a recitar las primeras oraciones.
Yo recuerdo siempre tanto el rostro de la religiosa que me ha enseñado el catecismo y siempre me viene a la mente -está en el cielo seguro, porque es una santa mujer- pero yo la recuerdo siempre y doy gracias a Dios por esta religiosa, o el rostro del párroco, un sacerdote o una religiosa, un catequista, que nos ha transmitido el contenido de la fe y nos ha hecho crecer como cristianos. Pues bien, ésta es la Iglesia: es una gran familia, en la que se nos recibe y se aprende a vivir como creyentes y discípulos del Señor Jesús.
Este camino lo podemos vivir no solamente gracias a otras personas, sino junto a otras personas. En la Iglesia no existe el “hazlo tú solo”, no existen “jugadores libres”. ¡Cuántas veces el Papa Benedicto ha descrito la Iglesia como un “nosotros” eclesial! A veces sucede que escuchamos a alguien decir: “yo creo en Dios, creo en Jesús, pero la Iglesia no me interesa”. ¿Cuántas veces hemos escuchado esto? Y esto no está bien. Existe quién considera que puede tener una relación personal directa, inmediata con Jesucristo fuera de la comunión y de la mediación de la Iglesia. Son tentaciones peligrosas y dañinas. Son, como decía Pablo VI, dicotomías absurdas.
Es verdad que caminar juntos es difícil y a veces puede resultar fatigoso: puede suceder que algún hermano o alguna hermana nos haga problema o nos de escándalo. Pero el Señor ha confiado su mensaje de salvación a personas humanas, a todos nosotros, a testigos; y es en nuestros hermanos y en nuestras hermanas, con sus virtudes y sus límites, que viene a nosotros y se hace reconocer. Y esto significa pertenecer a la Iglesia. Recuérdenlo bien: ser cristianos significa pertenencia a la Iglesia. El nombre es “cristiano”, el apellido es “pertenezco a la Iglesia”.
Queridos amigos, pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia, la gracia de no caer jamás en la tentación de pensar que se puede prescindir de los otros, de poder prescindir de la Iglesia, de podernos salvar solos, de ser cristianos de laboratorio. Al contrario, no se puede amar a Dios sin amar a los hermanos; no se puede amar a Dios fuera de la Iglesia; no se puede estar en comunión con Dios sin estar en comunión con la Iglesia; y no podemos ser buenos cristianos sino junto a todos los que tratan de seguir al Señor Jesús, como un único Pueblo, un único cuerpo y esto es la Iglesia. ¡Gracias!




Homilía de la Misa de Pedro y Pablo: (29 junio)






Homilía Santa Marta (27 junio):

"Cuando nosotros llegamos, Él está. Cuando nosotros lo buscamos, Él nos ha buscado primero. Él está siempre delante de nosotros, nos espera para recibirnos en su corazón, en su amor. Y estas dos cosas pueden ayudarnos a comprender este misterio del amor de Dios con nosotros. Para expresarse necesita de nuestra pequeñez, de nuestro abajamiento. Y, también, necesita nuestro asombro cuando lo buscamos y lo encontramos ahí, esperándonos.":

jueves, 19 de junio de 2014

Homilía Corpus Christi 2014:

Homilía Corpus Christi 2014



«El Señor, tu Dios… te dio a comer el maná, ese alimento que ni tú ni tus padres conocían.» 
(Dt 8,2-3). 

Estas palabras del Deuteronomio hicieron referencia a la historia de Israel, que Dios los hizo salir de Egipto, de la condición de esclavos, y por cuarenta años ha guiado en el desierto hacia la tierra prometida. Una vez establecido en la tierra, el pueblo elegido logra una cierta autonomía, un cierto bienestar, y corre el riesgo de olvidarse los tristes acontecimientos del pasado, superadas gracias a la intervención de Dios y a su infinita bondad. Las Escrituras exhortan a recordar, a hacer memoria de todo el camino hecho en el desierto, en el tiempo de la necesidad, de la angustia.

 La invitación es aquella de retornar a lo esencial, a la experiencia de la total dependencia de Dios, cuando la sobrevivencia fue confiada a su mano, para que el hombre comprendiera que “no vive sólo de pan, sino… de todo lo que sale de la boca de Dios” (Dt 8, 3).

 Además del hambre física, el hombre lleva en sí otra hambre, un hambre que no puede ser saciada con el alimento ordinario. Es el hambre de vida, hambre de amor, hambre de eternidad. Y el signo del maná –como toda la experiencia del éxodo– contenía en sí también esta dimensión: era figura de un alimento que satisface esta hambre profunda que hay en el hombre. Jesús nos dona este alimento, es más, es Él mismo el pan vivo que da la vida al mundo (Cfr. Jn 6, 51). Su Cuerpo es el verdadero alimento bajo la especie del pan; su Sangre es la verdadera bebida bajo la especie del vino. No es un simple alimento con el cual saciamos nuestros cuerpos, como el maná. El Cuerpo de Cristo es el Pan de los últimos tiempos, capaz de dar vida, y vida eterna, porque la sustancia de este pan es Amor.

 En la Eucaristía se comunica el amor del Señor por nosotros: un amor así grande que nos nutre con Sí mismo; un amor gratuito, siempre a disposición de toda persona hambrienta y necesitada de regenerar sus propias fuerzas. Vivir la experiencia de la fe significa dejarse nutrir por el Señor y construir la propia existencia no sus bienes materiales, pero sobre la realidad que no perece: los dones de Dios, su Palabra y su Cuerpo.

 Si nos miramos entorno, nos damos cuenta que hay tantos ofrecimientos de alimentos que no vienen del Señor y que aparentemente satisfacen más. Algunos se nutren con el dinero, otros con el éxito y la vanidad, otros con el poder y el orgullo. ¡Pero el alimento que nos nutre realmente y que sacia es solamente el que nos da el Señor! El alimento que nos ofrece el Señor es diferente de los otros, y quizás no parece así tan gustoso como ciertas comidas que nos ofrece el mundo. Y así, soñamos otras comidas, como los hebreos en el desierto, que añoraban la carne y las cebollas que comían en Egipto, pero olvidaban que aquellas comidas las comían en la mesa de la esclavitud. Ellos, en esos momentos de tentación, tenían memoria, pero una memoria enferma, una memoria selectiva, una memoria esclava, no libre. 

 Cada uno de nosotros, hoy puede preguntarse, ¿Y yo? ¿Dónde quiero comer? ¿En torno a qué mesa me quiero nutrir? ¿En la mesa del Señor? ¿O sueño con comer alimentos gustos, pero en la esclavitud? ¿Cuál es mi memoria? ¿Aquella del Señor que me salva?, ¿O aquella del ajo y de las cebollas de la esclavitud? ¿Con cuál memoria yo sacio mi alma?

 El Padre nos dice: “Te he nutrido con maná que tú no conocías”. Recuperemos la memoria. Ésta es la tarea: ¡Recuperemos la memoria!, y aprendamos a reconocer el pan falso que nos ilusiona y corrompe, porque es fruto del egoísmo, de la autosuficiencia y del pecado.

 Dentro de poco, en la procesión, seguiremos a Jesús, realmente presente en la Eucaristía. La Hostia es nuestro maná, mediante el cual el Señor se nos dona a sí mismo. A Él nos dirigimos con fe: Jesús, defiéndenos de las tentaciones del alimento mundano que nos hace esclavos, purifica nuestra memoria, para que no quede prisionera en la selectividad egoísta y mundana, pero sea memoria viva de tu presencia por toda la historia de tu pueblo, memoria que se hace “memorial” de tu gesto de amor redentor. 

Amén


miércoles, 18 de junio de 2014

Catequesis sobre la Iglesia

Ser Iglesia es sentirse en manos de Dios

(Audiencia, 18 de junio de 2014)
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
¡Y os felicito, habéis sido valientes, si llueve o no llueve, realmente valientes! Esperemos poder concluir la audiencia sin agua, que el Señor tenga piedad de nosotros...
Hoy inicio un ciclo de catequesis sobre la Iglesia. Es un poco como el hijo que habla de la propia madre, de la propia familia. Hablar de la Iglesia es hablar de nuestra madre, de nuestra familia. La Iglesia de hecho no es una institución finalizada a sí misma o una asociación privada, una ONG, y tampoco hay que restringir la mirada al clero o al Vaticano... La Iglesia somos todos, ¿de quién hablas tú, de los curas? Los curas son parte de la Iglesia, pero la Iglesia somos todos, no la limitemos a los sacerdotes, obispos o al Vaticano, porque la Iglesia somos todos. Todos somos familia de esta madre.
La Iglesia es una realidad mucho más amplia que se abre a toda la humanidad y que no nace en un laboratorio, la Iglesia no ha nacido en un laboratorio, no ha nacido de repente. Ha sido fundada por Jesús, y es un pueblo con una amplia historia a sus espaldas y una preparación que inicia, incluso, mucho antes de Cristo.
Esta historia, o 'prehistoria' de la Iglesia se encuentra ya en las páginas del Antiguo Testamento. Hemos escuchado el Libro del Génesis, cuando Dios eligió a Abrahán, nuestro padre en la fe y le pidió que partiera, que dejara su patria terrena y fuera a otra tierra, que Él le habría indicado. Y en esta vocación Dios no llama a Abrahán como uno solo, como un individuo, sino que  involucra desde el inicio a su familia, a sus parientes y a todos aquellos que están al servicio de su casa: así inició a caminar la Iglesia. Una vez en camino Dios ampliará una vez más el horizonte y colmará a Abrahán con su bendición, prometiéndole una descendencia numerosa como las estrellas del cielo y como la arena en las orillas del mar.
El primer dato importante es justamente éste: a partir de Abrahán Dios forma a un pueblo para que lleve su bendición a todas las familias de la tierra. Y en el interior de este pueblo nace Jesús. Es Dios que constituye a este pueblo, esta historia, este pueblo en camino y allí nace Jesús, en este pueblo.
Un segundo elemento: no es Abrahán que constituye entorno a sí un pueblo, pero es el mismo Dios que da vida a este pueblo. Generalmente era el hombre a dirigirse a las divinidades, buscando de colmar la distancia e invocando apoyo y protección. En este caso, en cambio, se asiste a algo inaudito: es Dios mismo quien toma la iniciativa. Escuchemos esto: ¡Dios mismo llama a la puerta de Abrahán, le dice: ve adelante, deja tu tierra, inicia a caminar yo haré de ti un gran pueblo. Y este es el inicio de la Iglesia y de este pueblo nace Jesús. Pero Dios toma la iniciativa, dirige su palabra al hombre creando una relación nueva con nosotros.
'Pero padre, ¿cómo es esto, Dios nos habla?' Sí. '¿Y podemos hablar con Dios?' Sí. Y esto se llama oración. Y es Dios que ha hecho esto desde el inicio. Así Dios ha formado un pueblo con todos aquellos que escuchan su palabra y que se ponen en camino confiando en Él. Esta es la única condición: fiarse de Dios. Si uno confía en Dios, lo escucha y se pone en camino, esto es hacer Iglesia.
El amor de Dios precede todo, Dios llega siempre antes que nosotros, el profeta Isaías o Jeremías decía que Dios es como la flor de los almendros, porque es el primer árbol que florece en la primavera, para indicar que Dios florece antes que nosotros. Cuando llegamos Él nos espera, nos llama, nos hace caminar, y siempre antes que nosotros. Y esto se llama amor.
'Pero padre, yo no creo esto, porque si usted supiera que mi vida fue tan fea, no puedo pensar que Dios me espera'. Dios te espera y si has sido un pecador grande, te espera más y con tanto amor, porque Él es el primero y esta es la belleza de la Iglesia, que nos lleva a este Dios que nos espera.
Abrahán y los suyos escuchan la llamada de Dios y se ponen en camino, no obstante no sepan bien quien sea este Dios y dónde quiera llevarlos. Es verdad, porque Abrahán se pone en camino siguiendo a este Dios que le ha hablado, pero no tenía un libro de teología para estudiar quien era este Dios. Abrahán se fía, se fía del amor y él se fía. Esto no significa que esta gente estuviera siempre convencida y fiel. Por el contrario, desde el inicio hay resistencias, el replegarse sobre sí mismos y los propios interese, y la tentación de negociar con Dios para resolver las cosas a modo propio.
Estos son las traiciones y pecados que indican el camino del pueblo a lo largo de toda la historia de la salvación, que es la historia de la fidelidad de Dios y de la infidelidad del pueblo. Dios entretanto no se cansa, Dios tiene paciencia, tanta paciencia, y durante el tiempo sigue formando a su pueblo como un padre a su propio hijo. Dios camina con nosotros, dice el profeta Oseas, yo he caminado contigo y te he enseñado a caminar como un papá le enseña a caminar a un niño. Hermosa figura de Dios, y así hace con nosotros, nos enseña a andar.
Y es la misma actitud que mantiene hacia la Iglesia. También nosotros de hecho, mismo en nuestra intención de seguir al Señor Jesús, hacemos experiencia cada día de nuestro egoísmo y de la dureza de nuestro corazón. Entretanto cuando nos reconocemos pecadores, Dios nos llena de su misericordia y de su amor. Y nos perdona, nos perdona siempre, y es justamente esto que nos hace crecer como Pueblo de Dios, como Iglesia. No porque somos buenos, no son nuestros méritos. Somos poca cosa nosotros, no es esto, sino la experiencia cotidiana de cuanto el Señor nos quiere y nos atiende. Es esto que nos hace sentir verdaderamente en sus manos y nos lleva a crecer en la comunión con Él y entre nosotros. Es sentirse en las manos de Dios que es padre, que nos ama, nos acaricia, nos espera y nos hace sentir su ternura. ¡Y esto es hermoso!
Queridos amigos, este es el proyecto de Dios: formar un pueblo bendito por su amor y que lleve su bendición a todos los pueblos de la tierra. Este proyecto no cambia, está siempre activo. En Cristo tuvo su plenitud y todavía hoy Dios sigue realizándolo en la Iglesia. Pidamos entonces la gracia de ser siempre fieles al influjo del Señor Jesús y a escuchar su palabra, listos a partir cada día como Abrahán, hacia la tierra de Dios y del hombre, hacia la verdadera patria nuestra, y así volvernos bendición y signo del amor de Dios hacia todos sus hijos. Me gusta pensar que un sinónimo que podríamos tener los cristianos sería: son hombres y mujeres que bendicen. El cristiano con su vida tiene que bendecir siempre, bendecir a Dios y a todos nosotros. Los cristianos son gente que sabe bendecir. ¡Qué linda vocación ésta!

domingo, 15 de junio de 2014

Entrevista al Papa: (Henrique Cymerman)

Entrevista al Papa Francisco por Henrique Cymerman: (La Vanguardia)

"Nuestro sistema económico mundial ya no se aguanta",

"No soy ningún iluminado; no traje bajo el brazo ningún proyecto personal"

"Descartamos toda una generación por mantener un sistema que no es bueno"

"La secesión de una nación hay que tomarla con pinzas":



Video: